sábado, 25 de septiembre de 2010

Después del naufragio.


Concentración ante el Congreso Nacional en pro de la familia,
el 13 de julio, en vísperas del tratamiento de la ley por el Senado.

El veredicto tuvo lugar el 15 de julio pasado a las cuatro de la mañana: Argentina se ha convertido así en el primer país en América del Sur en aprobar el “matrimonio gay” y a conferir a los homosexuales todos los derechos civiles posibles, incluso el de adoptar niños.
En las semanas previas a la votación, sin embargo, todo indicaba que la mayoría de los senadores se opondría a la aprobación de este inicuo proyecto de ley. Las cosas sucedieron de otra manera, a pesar de las manifestaciones y de la desaprobación de la población en su conjunto. Ahora se trata de analizar las razones de esta derrota, a fin de evitar otras en el futuro próximo.
Ciertos adversarios de la Iglesia la acusaron de mezclar cuestiones de tipo religioso en un debate que debía entablarse solamente en el terreno político. Los pocos obispos que tuvieron el coraje de condenar el proyecto de ley en nombre del catolicismo fueron agriamente criticados, y tanto la prensa como algunas personalidades políticas manifestaron que las reacciones fuera de lugar y exageradas de estos obispos determinaron a ciertos senadores indecisos a votar a favor del proyecto.


Las pancartas de los manifestantes.

Lo más sorprendente es que esta tesis ha sido retomada por el portavoz de la Conferencia Episcopal Argentina, el Padre Jorge Oesterheld. El 19 de agosto pasado, a propósito de la polémica provocada por algunos obispos que habían calificado al “matrimonio gay” como una patraña satánica, el Padre Oesterheld declaró que “estas declaraciones contribuyeron a la reacción de buena parte de la población. La actitud asumida por la Iglesia ha provocado un malentendido en el seno de la población y condujo a las autoridades políticas a decidirse a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo”.(1)
No se ve, absolutamente, cuál es la relación causa-efecto que existe entre la valiente actitud de los obispos y la supuesta reacción de la población y de los senadores que cambiaron de opinión.
Al contrario, habría que haber visto la decepción y la humillación en los rostros de los católicos que participaron de la manifestación realizada en Buenos Aires el 13 de julio contra el proyecto, después de haber oído el mensaje que el Cardenal Jorge Bergoglio envió para que se leyese en ella. Ni siquiera se mencionó el nombre de Dios. No fueron más que palabras tibias, insípidas y vergonzosas. Situado en un plano puramente natural para evitar ofender a los no católicos, no se hizo ni mención ni defensa de los derechos de Dios en la sociedad. ¿Acaso no es más bien esta actitud tímida de los obispos lo que decidió a unos cuantos senadores a votar a favor de la ley? Creo que después de oídas sus palabras, los partidarios del proyecto comprendieron, con alivio, que la Iglesia no estaba dispuesta a confrontar y a oponerse. Podían tranquilamente esperar la victoria…
Junto a estas declaraciones del 19 de agosto hechas por el Padre Oesterheld, los obispos invitaron además a la moderación y al “diálogo con la sociedad del país”. A propósito del diálogo, es interesante recordar lo que consigna un documento emitido poco después del Concilio por el Secretariado para el Diálogo Interreligioso: “El diálogo no implica la refutación del error ni la conversión del interlocutor”,(2) tema sobre el cual “L’Osservatore Romano” ya había apuntado que “quien renuncia al diálogo es un fanático, un intolerante, que siempre termina por ser infiel a sí mismo y luego a la sociedad de la que forma parte. El que dialoga, en cambio, renuncia a estar aislado y a ser condenado.(3)
¡Qué victoria para los enemigos de la Iglesia! Los defensores de estos proyectos criminales ahora pueden frotarse las manos: tienen la seguridad de que la Iglesia no respaldará a los obispos que tienen un discurso demasiado neto en los futuros debates. ¡No quedan dudas de lo que resultará de tales debates!
De hecho, en su oposición al proyecto de ley a favor de los homosexuales, los obispos y el clero argentino han reaccionado demasiado tarde y de modo demasiado natural. Que yo sepa, ningún obispo puso en marcha una cruzada de rosarios, o de Misas, ni llamó a los fieles a la penitencia y al sacrificio.
¿Por qué no emplearon un lenguaje claramente católico para defender los derechos de Dios, Supremo Legislador de la sociedad? ¿Por qué permitieron —como circularon comentarios— que en muchas parroquias, unos días antes de la votación, algunos sacerdotes predicaran diciendo que el hombre auxiliado por el Samaritano, del que hablan los Evangelios, podía ser el homosexual discriminado por la sociedad, cuya rehabilitación buscaba este proyecto de ley? Salvando raras excepciones, los obispos faltaron gravemente a su deber y tendrán que rendir cuentas a Dios de ello.
Me parece importante recordar que un obispo católico no es un padre de familia, un pastor o un asistente social. El sentido de su nombre ya lo indica: episcopus significa que es principalmente un “superintendente”. Desde el puesto de observación en el que se encuentra, debe observar, juzgar, y en caso de necesidad, dar la voz de alerta. Centinela de la verdad, defensor de los derechos de Dios, guardián de las almas, eso es lo que es, y esos títulos sagrados entrañan obligaciones inflexibles y responsabilidades indeclinables.
Consciente de ello, San Gregorio de Nacianzo escribía a propósito de los obispos: “A pesar de ser conocidos por su mansedumbre y amenidad en el trato, no soportan mantenerse moderados y flexibles cuando, por su silencio o falta de reacción, traicionarían la causa de Dios. Ahí se tornan ardientes en la lucha, impetuosos en el combate, y lo sacrificarían todo para no omitir nada de su deber”.(4)
Con todo, ¡nuestros obispos han tenido miedo de ofender! Abandonaron sus puestos de “supervisores” y se convirtieron en lo que Isaías describió como “perros mudos”,(5) sin voz y sin eco en la sociedad. Prefirieron el consenso a la verdad, la paz a luchar por la restauración de la realeza de Cristo en la sociedad.
Para no contristar a César, o más bien a “Agripina”…, han evitado toda declaración de condenación del texto aprobado y renunciado a toda ceremonia de reparación de este escándalo legalizado. ¿Es realmente necesario recordarlo? Este combate es el de las dos banderas: la de Satanás contra la de Cristo. El primero ve acercarse el fin del mundo y acortarse el tiempo para causar el mal; entonces se desata por medio de éstos, sus servidores, que quieren erradicar todo rastro de cristianismo en la sociedad. Para hacerlos fracasar era necesario recurrir a los medios maravillosamente eficaces que la Iglesia pone a nuestra disposición, y que son la Misa y los sacramentos que edificaron la civilización cristiana que está desapareciendo. Es deber de los obispos defenderla y salvarla.
Ahora bien, para ser realmente eficaces, Señores Obispos, tendrán que abandonar la misa y los sacramentos reformados por el Concilio, impregnados como están de un protestantismo que destruye su efectividad, y volver al uso irrestricto de los ritos tradicionales católicos, que tan bien han demostrado su eficacia y a los que algunos de Ustedes tanto se oponen.
Es igualmente imperioso volver a una predicación clara y segura, francamente católica, que ilumine la mente y fortalezca la voluntad. Viendo el estado actual de la sociedad, ¿cómo no vamos a lamentarnos con el profeta Isaías?: “Los opresores de mi pueblo son muchachos, y mujeres se enseñorearon de él. Pueblo mío, los que te guían te engañan, y tuercen el curso de tus caminos”,(6) y un poco más adelante añade: “¡Ay de los que a lo malo llaman bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo! ¡Ay de los sabios en sus propios ojos, y de los que son prudentes delante de sí mismos! (…) porque desecharon la ley de Jehová de los ejércitos, y abominaron la palabra del Santo de Israel”.(7)
Duras batallas se anuncian desde el horizonte; y se perderán, por cierto, si los obispos persisten en la actitud del pasado. Ya comenzaron a agitarse las aguas para plantear la legalización del aborto, a despecho del pensamiento ampliamente hostil de la población. La lucha será muy dura. ¿Qué pasará? Veremos… Lo que es seguro, es que las grandes victorias de la Iglesia se deben a la acción de papas y obispos que no dudaron en movilizar a los cristianos con medios proporcionados a la gravedad de la situación: cruzadas de rosarios, celebración de Misas, adoración eucarística, oración y penitencia. Estos medios, insignificantes para nuestros adversarios, son tan eficaces como una vez lo fue el canto rodado que David incrustó en la frente de Goliat.
Satanás lo sabe, y por eso lucha para que sean olvidados y reemplazados por artificios puramente humanos y políticos. El tiempo es corto y el rebaño de los católicos se debilita y dispersa día a día.
En estos momentos trágicos debemos recordar las palabras que ese gran visionario que fue García Moreno (1821-1875), Presidente de Ecuador asesinado por la fe, dirigió al Parlamento de Ecuador: “La civilización, fruto del catolicismo, se degrada y corrompe a medida que se aleja de los principios católicos: de allí la debilitación progresiva y general de los caracteres, la verdadera enfermedad endémica de nuestro siglo (…) Hay que levantar un muro de defensa entre el pueblo prosternado al pie de los altares del verdadero Dios y los enemigos de nuestra santa religión”.


6 de Agosto de 1876:
infame asesinato de Gabrie García Moreno, presidente de Ecuador.

¡Son los obispos quienes tienen que construir este muro de defensa! Para lograrlo, tienen que renunciar al pacifismo mortal que buscan imponer desde hace décadas en la Iglesia, persuadidos de que ella y el mundo pueden reconciliarse. Ese era el objetivo del Concilio Vaticano II… Esto ha llevado a la Iglesia al naufragio que vemos. Durante cuarenta años la Iglesia ha perdido todas las batallas contra sus opositores y asistido impasible a la pérdida de toda influencia en la sociedad.
Ya para terminar, les presento estas palabras del Papa Pío XII: “Cuando temerariamente se niega a Dios, todo principio de moralidad queda vacilando (…) El fundamento de toda la moralidad comenzó a ser rechazado en Europa, porque muchos hombres se separaron de la doctrina de Cristo, de la que es depositaria y maestra la Cátedra de San Pedro. Esta doctrina dio durante siglos tal cohesión y tal formación cristiana a los pueblos de Europa, que éstos, educados, ennoblecidos y civilizados por la cruz, llegaron a tal grado de progreso político y civil, que fueron para los restantes pueblos y continentes maestros de todas las disciplinas. Pero desde que muchos hermanos, separados ya de Nos, abandonaron el magisterio infalible de la Iglesia, llegaron, por desgracia, hasta a negar la misma divinidad del Salvador, dogma capital y centro del cristianismo, acelerando así el proceso de disolución religiosa”.(8)
¡Cuánto nos gustaría encontrar estas palabras en nuestros obispos! He allí la condición para la Iglesia encuentre de nuevo el camino hacia la victoria sobre sus enemigos. El 10 de octubre vamos a peregrinar hacia la Basílica de Nuestra Señora de Luján para suplicarle que salve las familias de los peligros que la amenazan. Nadie puede permanecer indiferente ante estos peligros. Nos concierne a todos. Tengo cifradas esperanzas en una concurrencia numerosa para ese fin. ¡Lo que está en juego no es sólo el futuro de un país, sino el de todo un continente! ¡Que Dios los bendiga!

Padre Christian Bouchacourt
Superior de Distrito América del Sur


Notas:
1. Buenos Aires, 22 de agosto de 2010, declaraciones recogidas por agencia informativa Apic al término de una reunión de la CEA.
2. Secretariado para el Diálogo Interreligioso, “Instrucción para el diálogo”, 28 de junio de 1968.
3. “L’Osservatore Romano”, 15 y 16 de diciembre de 1965.
4. San Gregorio de Nacianzo, orat XXI. De S. Alfan, nº 25.
5. Isaías, 56, 10.
6. Isaías, 3, 12.
7. Isaías, 5, 20-24.
8. Pío XII, encíclica “Summi Pontificatus”, 20 de octubre de 1939.

Tomado de Revista Iesus Christus Nº 129.